LA RESILIENCIA URBANA. Publicada en revista Brando Nº178, Enero 2021



La Resiliencia es definida como la capacidad de asumir situaciones límites y poder superarlas. Cuando yo era chico esta palabra no se usaba. Ahora es de uso común, aparece en uno de cada tres artículos que leemos. Es parte de la lengua popular. Resiliencia. En mi nube de palabras del 2020 aparece bien grande, en rojo.  Ya sea como incógnita en función del futuro de las ciudades, ya sea por ciertos problemas de salud que atravesé en el año pasado o por la esperanza que provocan los anuncios de las vacunas que nos permitirían superar la pandemia. “Todo pasa” rezaba el anillo de Don Julio, pero mientras todo pasa es deseable pensar cómo, de qué forma , con qué sentido y hacia dónde nos dirigimos.

 

La Resiliencia urbana no es algo nuevo. Desde el 2012 ONU Hábitat desarrolla el Programa de Ciudades Resilientes (CRPP sus siglas en inglés) que se centra en proporcionar a los gobiernos nacionales y locales herramientas para medir y aumentar la resiliencia a los impactos de amenazas múltiples, incluidos los asociados con el cambio climático para recuperarse rápido de los golpes que sufre el sistema. Esta definición se basa en la concepción de la urbe como un sistema de sistemas, un organismo vivo que requiere del correcto funcionamiento de los distintos órganos para gozar de buena salud.

Terremotos, ciclones, inundaciones recurrentes y tsunamis eran algunos de los temas centrales que comenzaron trabajando desde esta área que pronto se replicó en cientos de ciudades de todo el mundo. Quien más, quien menos, todos tienen un programa sobre resiliencia urbana que debería desarrollar el diagnóstico, la planificación y gestión necesarias para perfilar y monitorear la capacidad de recuperación de cualquier ciudad frente a todos los peligros posibles y de esa forma proteger a sus ciudadanos, los bienes y el funcionamiento de emergencia frente a las crisis.

 

Mientras esperábamos la nueva noticia catastrófica de algún lugar recóndito del mundo llegó la pandemia, lo más parecido a la democratización del daño. No zafó nadie. Y los alcaldes y jefes de gobierno del mundo se comenzaron a comunicar urgentemente no ya para consultar acerca del comienzo de las rebajas de Zara, el próximo destino de Messi o la novedad más cool para replicar sin sentido, sino para consultarse acerca de cómo fortalecer los sistemas de salud, el entramado de políticas públicas y/o datos que permitan recuperar a sus ciudades y a sus ciudadanos. Cuando el miedo entra en una suerte de lento fade out y nos dedicamos a leer el oráculo de Bill Gates, vemos que en muchos casos la emergencia fue resuelta en mayor o menor medida. Lo que nos queda saber es cómo se reponen las ciudades en serio y cuál es el deseo de sus ciudadanos. 

Ya discutimos sobre las ciudades de 15 minutos o sobre las supermanzanas, por hablar de los “Despacito” urbanistas, ya sabemos de muchos habitantes de las ciudades que a caballo del home office migran a unos kilómetros de la ciudad central por un poco de verde y de calidad de vida. También se habló del boom de los PH, de la casita con terraza y la revalorización del balcón como acceso vital a ese Pedacito de cielo al que le escribía el genial Homero Expósito. Claramente hay una necesidad de mejorar la calidad de vida de los habitantes de nuestras ciudades hiperdensificadas. Pareciera claro.

 

Pero por estos lares se habla de playones de ferrocarril convertidos en negocios inmobiliarios con una placita culposa o con una terraza con dos malvones intentando justificar algo ecológico, un muro de edificios como barrera de acceso al río o un mega estadio en el medio de un barrio para un club que ya tiene uno a 20 cuadras de ahí.  Suena a comedia, suena a tragedia. Es como el teorema de Sandrini: te hace reír y llorar a la vez. Mientras tanto, ¿Qué nos queda a los ciudadanos?. Quizá dejar de hacer patinaje sobre ombligo y darnos cuenta que siendo muchos los que queremos mejorar la vida urbana es la oportunidad de ejercer la ciudadanía activa y defender nuestro derecho a vivir en las ciudades que soñamos.

Mientras, nos seguiremos conformando con abrir los ojos cada mañana y que en algún lugar del subconsciente escuchemos: Previously, on Lost.


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